EXPOSIXIONES
Ricardo Sánchez, una vida entre el dibujo, el paisaje y la pasión por el ferrocarril
El artista abulense reúne en su obra distintas series marcadas por el realismo, la figura humana y unos paisajes ferroviarios que nacieron casi por casualidad durante su etapa en Sevilla
Ricardo Sánchez firma sus obras con su propio nombre y sin artificios. Su trayectoria artística tampoco nació de una vocación temprana. De hecho, sus primeros sueños estaban muy alejados de la pintura. Quiso ser piloto de aviación, pero sus problemas de vista se lo impidieron después de presentarse a las pruebas en San Javier. Más tarde pensó en estudiar Arquitectura y llegó incluso a interesarse por la música, especialmente por el violonchelo, aunque en su juventud no encontró en Ávila profesores de este instrumento.
Fue finalmente un amigo pintor quien le acercó al arte. Juntos salían al campo a pintar y Sánchez comenzó a interesarse por los paisajes de Ávila. Aquella afición terminaría convirtiéndose en una profesión. Estudió Decoración en la Escuela de Artes de Ávila y posteriormente Bellas Artes en Sevilla, donde comenzó a desarrollar una trayectoria caracterizada por el trabajo por series y un marcado realismo.
Entre ellas ocupa un lugar especial la dedicada al ferrocarril, una pasión que, según reconoce, surgió de manera involuntaria. Durante sus años en Sevilla, mientras sus compañeros se desplazaban al campo para pintar paisajes, él prefería acercarse a la estación de Plaza de Armas y trasladar al lienzo sus espacios, trenes y elementos arquitectónicos, con una particular sensibilidad impresionista.
Aquella experiencia se prolongó después en Ávila y dio lugar a diferentes exposiciones. Su obra ferroviaria llegó al Museo del Ferrocarril de Ponferrada, al monasterio de Nuestra Señora del Prado de Valladolid y a otras ciudades de España a través de una muestra impulsada por Caja Duero. También trabajó en un proyecto nacional promovido por la Diputación de Ávila, aunque finalmente no llegó a materializarse.
La exposición actual reúne tres de sus series. Una de ellas está dedicada a los cambios de aguja ingleses, elementos ferroviarios de los que quedan muy pocos en España y que nunca habían sido expuestos hasta ahora. Se suman la serie de las repisas y los cardos y otra inspirada en San Juan de la Cruz y su Tratado del pájaro solitario, a partir de paisajes que evocan al artista la espiritualidad del poeta.
Sánchez también ha explorado la figura humana, los desnudos y las relaciones entre personas, además de paisajes y espacios abandonados. Su producción es, por tanto, amplia y diversa.
El artista ha compaginado siempre la pintura con la docencia, como profesor de dibujo en distintos centros e instituciones, entre ellas la Universidad de Salamanca y la Escuela de Arte de Ávila. Reconoce que no ha sido un pintor especialmente comercial, aunque ha vendido poco y a buen precio, y ha recibido importantes premios nacionales de dibujo.
Para Sánchez, en un momento de cierta confusión artística, el público busca obras sólidas y profesionales. «La gente quiere algo consistente, algo serio», resume. Una filosofía que explica una trayectoria construida desde el oficio, la independencia y la fidelidad a una forma de entender la pintura.
Ricardo Sánchez firma sus obras con su propio nombre y sin artificios. Su trayectoria artística tampoco nació de una vocación temprana. De hecho, sus primeros sueños estaban muy alejados de la pintura. Quiso ser piloto de aviación, pero sus problemas de vista se lo impidieron después de presentarse a las pruebas en San Javier. Más tarde pensó en estudiar Arquitectura y llegó incluso a interesarse por la música, especialmente por el violonchelo, aunque en su juventud no encontró en Ávila profesores de este instrumento.
Fue finalmente un amigo pintor quien le acercó al arte. Juntos salían al campo a pintar y Sánchez comenzó a interesarse por los paisajes de Ávila. Aquella afición terminaría convirtiéndose en una profesión. Estudió Decoración en la Escuela de Artes de Ávila y posteriormente Bellas Artes en Sevilla, donde comenzó a desarrollar una trayectoria caracterizada por el trabajo por series y un marcado realismo.
Entre ellas ocupa un lugar especial la dedicada al ferrocarril, una pasión que, según reconoce, surgió de manera involuntaria. Durante sus años en Sevilla, mientras sus compañeros se desplazaban al campo para pintar paisajes, él prefería acercarse a la estación de Plaza de Armas y trasladar al lienzo sus espacios, trenes y elementos arquitectónicos, con una particular sensibilidad impresionista.
Aquella experiencia se prolongó después en Ávila y dio lugar a diferentes exposiciones. Su obra ferroviaria llegó al Museo del Ferrocarril de Ponferrada, al monasterio de Nuestra Señora del Prado de Valladolid y a otras ciudades de España a través de una muestra impulsada por Caja Duero. También trabajó en un proyecto nacional promovido por la Diputación de Ávila, aunque finalmente no llegó a materializarse.
La exposición actual reúne tres de sus series. Una de ellas está dedicada a los cambios de aguja ingleses, elementos ferroviarios de los que quedan muy pocos en España y que nunca habían sido expuestos hasta ahora. Se suman la serie de las repisas y los cardos y otra inspirada en San Juan de la Cruz y su Tratado del pájaro solitario, a partir de paisajes que evocan al artista la espiritualidad del poeta.
Sánchez también ha explorado la figura humana, los desnudos y las relaciones entre personas, además de paisajes y espacios abandonados. Su producción es, por tanto, amplia y diversa.
El artista ha compaginado siempre la pintura con la docencia, como profesor de dibujo en distintos centros e instituciones, entre ellas la Universidad de Salamanca y la Escuela de Arte de Ávila. Reconoce que no ha sido un pintor especialmente comercial, aunque ha vendido poco y a buen precio, y ha recibido importantes premios nacionales de dibujo.
Para Sánchez, en un momento de cierta confusión artística, el público busca obras sólidas y profesionales. «La gente quiere algo consistente, algo serio», resume. Una filosofía que explica una trayectoria construida desde el oficio, la independencia y la fidelidad a una forma de entender la pintura.















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