DEMOCRACIA
¿Es viable una democracia sin poder legislativo?
Eugenio-Jesús de Ávila
Aunque Sánchez ha retorcido la verdad hasta extraer su néctar en forma de mentira, creo que fue sincero -habló con el corazón sin traicionar a su cerebro- cuando afirmó, no ha mucho tiempo, que podría gobernar sin Parlamento. Colijo, pues, que no necesitaría convocar más comicios. Por lo tanto, las elecciones del 29 de noviembre huelgan. Por qué el pueblo, la gente en su nueva versión, va a refrendar las listas preparadas por las jerarquías de los distintos partidos. Si no se van a debatir leyes, si se gobernará vía decreto, para qué queremos un legislativo. Nos ahorraremos sueldos extraordinarios y otras prebendas.
Si el poder legislativo deja de existir porque el presidente del ejecutivo no lo necesita, el judicial tomará, por lógica, el camino hacia ninguna parte. ¿Quién nombrará a los componentes del CGPJ si no hay diputados de otros partidos? Pues, sin duda, el gobierno. Asumamos que toda democracia se sustenta en pilares como la separación de poderes, entonces, si uno de ellos, el ejecutivo (gobierno), elimina a los otros dos por superfluos o inútiles, se abrirán las puertas a una dictadura, una autocracia, que intentará disimularse con instituciones formales, pero sin capacidad de decisión. Qué se puede pensar de la ideología de un político que considera que el legislativo, elegido por las gentes, no representa a la mayoría social. Colijo, pues, que solo el presidente del ejecutivo encarna al pueblo.
Carl Schmitt, el gran jurista alemán, afirmó que “el parlamento nació bajo la idea liberal de que la verdad y la justicia surgirían de la discusión abierta, el debate racional y el intercambio de argumentos entre representantes. Sin embargo, en la democracia de masas del siglo XX, la discusión pública real ya no ocurre en el parlamento”. Justificación intelectual a la que podría acogerse Sánchez para obviar el legislativo. No olvidemos que el actual presidente del gobierno confesó su admiración por la figura de Largo Caballero, jamás dedicó palabras laudatorias al gran Besteiro, el socialista más coherente y consecuente: “Estamos derrotados nacionalmente por habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizás los siglos”.
Y el Lenin español, seis días antes de las últimas elecciones de la II República, durante un mitin en el Cinema Europa, afirmó que “la transformación total del país no se puede hacer echando simplemente papeletas en las urnas. Estamos hartos de ensayos de democracia, que se implante en el país la nuestra”. Y ya sabemos cuál es el sistema preferido por las izquierdas marxistas: la dictadura del proletariado. El líder socialista desconocía entonces el pensamiento de Gramsci y su revolución neomarxista a través de la hegemonía cultural. Después llegaría la Escuela de Frankfurt y sus filósofos comunistas (Marcuse, Adorno, Benjamin, Fromm, Horkheimer )y el wokismo.
Tanto si Sánchez vuelve a gobernar, con el apoyo de los chantajistas del nacionalismo independentista vasco y catalán, más los neocomunistas, como si hay un triunfo del centro-derecha el 29 de noviembre, habrá perdido la democracia liberal, aprobada su Constitución un 6 de diciembre de 1978, tras las primeras elecciones generales tras la Dictadura (15 de junio de 1977). Se abrirá, pues, un periodo convulso, inimaginable, imposible de predecir.
Para terminar con esta reflexión con pinceladas impresionistas de Historia, recomendaría a las personas izquierdistas que ondean banderas de la II República -ideada por Lerroux, republicano centrista- en manifestaciones o concentraciones, como las de la Puerta del Sol- que se olviden de la tricolor y enarbolen la roja con su hoz y su martillo, porque así lo exigió Largo Caballero en El Socialista, allá por el año 1933: “Tenemos que luchar, como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución Socialista”.
Eugenio-Jesús de Ávila
Aunque Sánchez ha retorcido la verdad hasta extraer su néctar en forma de mentira, creo que fue sincero -habló con el corazón sin traicionar a su cerebro- cuando afirmó, no ha mucho tiempo, que podría gobernar sin Parlamento. Colijo, pues, que no necesitaría convocar más comicios. Por lo tanto, las elecciones del 29 de noviembre huelgan. Por qué el pueblo, la gente en su nueva versión, va a refrendar las listas preparadas por las jerarquías de los distintos partidos. Si no se van a debatir leyes, si se gobernará vía decreto, para qué queremos un legislativo. Nos ahorraremos sueldos extraordinarios y otras prebendas.
Si el poder legislativo deja de existir porque el presidente del ejecutivo no lo necesita, el judicial tomará, por lógica, el camino hacia ninguna parte. ¿Quién nombrará a los componentes del CGPJ si no hay diputados de otros partidos? Pues, sin duda, el gobierno. Asumamos que toda democracia se sustenta en pilares como la separación de poderes, entonces, si uno de ellos, el ejecutivo (gobierno), elimina a los otros dos por superfluos o inútiles, se abrirán las puertas a una dictadura, una autocracia, que intentará disimularse con instituciones formales, pero sin capacidad de decisión. Qué se puede pensar de la ideología de un político que considera que el legislativo, elegido por las gentes, no representa a la mayoría social. Colijo, pues, que solo el presidente del ejecutivo encarna al pueblo.
Carl Schmitt, el gran jurista alemán, afirmó que “el parlamento nació bajo la idea liberal de que la verdad y la justicia surgirían de la discusión abierta, el debate racional y el intercambio de argumentos entre representantes. Sin embargo, en la democracia de masas del siglo XX, la discusión pública real ya no ocurre en el parlamento”. Justificación intelectual a la que podría acogerse Sánchez para obviar el legislativo. No olvidemos que el actual presidente del gobierno confesó su admiración por la figura de Largo Caballero, jamás dedicó palabras laudatorias al gran Besteiro, el socialista más coherente y consecuente: “Estamos derrotados nacionalmente por habernos dejado arrastrar a la línea bolchevique, que es la aberración política más grande que han conocido quizás los siglos”.
Y el Lenin español, seis días antes de las últimas elecciones de la II República, durante un mitin en el Cinema Europa, afirmó que “la transformación total del país no se puede hacer echando simplemente papeletas en las urnas. Estamos hartos de ensayos de democracia, que se implante en el país la nuestra”. Y ya sabemos cuál es el sistema preferido por las izquierdas marxistas: la dictadura del proletariado. El líder socialista desconocía entonces el pensamiento de Gramsci y su revolución neomarxista a través de la hegemonía cultural. Después llegaría la Escuela de Frankfurt y sus filósofos comunistas (Marcuse, Adorno, Benjamin, Fromm, Horkheimer )y el wokismo.
Tanto si Sánchez vuelve a gobernar, con el apoyo de los chantajistas del nacionalismo independentista vasco y catalán, más los neocomunistas, como si hay un triunfo del centro-derecha el 29 de noviembre, habrá perdido la democracia liberal, aprobada su Constitución un 6 de diciembre de 1978, tras las primeras elecciones generales tras la Dictadura (15 de junio de 1977). Se abrirá, pues, un periodo convulso, inimaginable, imposible de predecir.
Para terminar con esta reflexión con pinceladas impresionistas de Historia, recomendaría a las personas izquierdistas que ondean banderas de la II República -ideada por Lerroux, republicano centrista- en manifestaciones o concentraciones, como las de la Puerta del Sol- que se olviden de la tricolor y enarbolen la roja con su hoz y su martillo, porque así lo exigió Largo Caballero en El Socialista, allá por el año 1933: “Tenemos que luchar, como sea, hasta que en las torres y en los edificios oficiales ondee no la bandera tricolor de una República burguesa, sino la bandera roja de la Revolución Socialista”.















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