ZAMORANA
La niña modosita
![[Img #112074]](https://eldiadezamora.es/upload/images/10_2026/5915_3327_9573_5847_6329_687_sole-1.jpg)
Paseaba por Santa Clara modosita, de la mano de su madre, vestida de domingo, caminando a pasos pequeños; llamaba la atención de los viandantes por su carita menuda, sus rizos dorados cayendo sobre los hombros, los ojos de un azul intenso y en la mano una muñeca que llevaba como al desgaire.
Era la típica niña que nunca se mancharía el vestido, que jugaría con muñecas sin romperlas, que superaría con nota las normas establecidas, tal vez porque tenía una madre severa que le inculcaba a diario cómo debía ser su comportamiento, le corregía la postura, le indicaba que se mantuviera erguida, que sonriera a los conocidos, que diera las gracias y se disculpara si hacía algo mal.
Era una niña preciosa que nunca sería feliz si continuaba prolongando aquellas indicaciones que estaba recibiendo en la niñez; y por un instante me recordó los años primeros en los que decían que yo era la más bonita del pueblo, siempre obediente y callada, sin decir una palabra más alta que otra, una niña que no conocía las rabietas, que estudiaba y hacía los deberes adelantándose siempre a la siguiente lección… una niña que luego se hizo mujer y tuvo que pasar por un aprendizaje diferente hasta desinhibirse de tantas normas; que se sintió feliz cuando rompió en mil pedazos un cuaderno primoroso que guardaba desde pequeña; porque aquella niña tuvo que enfrentarse con la vida y dejar de lado su aparente inocencia para luchar y seguir adelante en aquella selva donde dominaba una rivalidad feroz.
Durante un breve instante, sus miradas se cruzaron, la niña y la mujer adulta que lo fue un día, y entonces descubrieron una enorme incógnita en sus respectivas miradas: la niña se sintió abrumada, con un asomo de duda; y la mujer sonrió para infundirle tranquilidad; luego, ambas siguieron su camino.
Yo fui el trasunto de aquella niña, de la que ahora tan solo permanece el poso de los buenos principios, pero hubo que pagar un precio: el de la ingenuidad, que se fue diluyendo en el tiempo; el de las apariencias, revistiéndome de una capa de dureza para sobrevivir, el precio de no ser fiel a los principios o, al menos, dejarlos un poco de lado para seguir la corriente. Sí, hubo muchos peajes que contrarrestaron una educación encorsetada que dejo una huella indeleble durante toda mi vida. Sin embargo, no todo se perdió; por fortuna, aún conservo las formas y los principios que me mantienen a salvo en esta sociedad decadente donde parecen no tener cabida.
A menudo recuerdo a aquella otra niña que paseaba por Santa Clara hace tanto tiempo y espero que su incursión en la vida adulta no haya sido demasiado traumática, aunque haya dejado atrás un precioso candor que la hacía parecer casi angelical.
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Paseaba por Santa Clara modosita, de la mano de su madre, vestida de domingo, caminando a pasos pequeños; llamaba la atención de los viandantes por su carita menuda, sus rizos dorados cayendo sobre los hombros, los ojos de un azul intenso y en la mano una muñeca que llevaba como al desgaire.
Era la típica niña que nunca se mancharía el vestido, que jugaría con muñecas sin romperlas, que superaría con nota las normas establecidas, tal vez porque tenía una madre severa que le inculcaba a diario cómo debía ser su comportamiento, le corregía la postura, le indicaba que se mantuviera erguida, que sonriera a los conocidos, que diera las gracias y se disculpara si hacía algo mal.
Era una niña preciosa que nunca sería feliz si continuaba prolongando aquellas indicaciones que estaba recibiendo en la niñez; y por un instante me recordó los años primeros en los que decían que yo era la más bonita del pueblo, siempre obediente y callada, sin decir una palabra más alta que otra, una niña que no conocía las rabietas, que estudiaba y hacía los deberes adelantándose siempre a la siguiente lección… una niña que luego se hizo mujer y tuvo que pasar por un aprendizaje diferente hasta desinhibirse de tantas normas; que se sintió feliz cuando rompió en mil pedazos un cuaderno primoroso que guardaba desde pequeña; porque aquella niña tuvo que enfrentarse con la vida y dejar de lado su aparente inocencia para luchar y seguir adelante en aquella selva donde dominaba una rivalidad feroz.
Durante un breve instante, sus miradas se cruzaron, la niña y la mujer adulta que lo fue un día, y entonces descubrieron una enorme incógnita en sus respectivas miradas: la niña se sintió abrumada, con un asomo de duda; y la mujer sonrió para infundirle tranquilidad; luego, ambas siguieron su camino.
Yo fui el trasunto de aquella niña, de la que ahora tan solo permanece el poso de los buenos principios, pero hubo que pagar un precio: el de la ingenuidad, que se fue diluyendo en el tiempo; el de las apariencias, revistiéndome de una capa de dureza para sobrevivir, el precio de no ser fiel a los principios o, al menos, dejarlos un poco de lado para seguir la corriente. Sí, hubo muchos peajes que contrarrestaron una educación encorsetada que dejo una huella indeleble durante toda mi vida. Sin embargo, no todo se perdió; por fortuna, aún conservo las formas y los principios que me mantienen a salvo en esta sociedad decadente donde parecen no tener cabida.
A menudo recuerdo a aquella otra niña que paseaba por Santa Clara hace tanto tiempo y espero que su incursión en la vida adulta no haya sido demasiado traumática, aunque haya dejado atrás un precioso candor que la hacía parecer casi angelical.















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