REFLEXIONES URBANAS
Reconocer la realidad de Zamora, primer paso su progreso
Eugenio-Jesús de Ávila
Las críticas, casi siempre viscerales, nacidas en el hígado, rara vez surgidas tras un análisis racional, y las loas de lectores me inspiran. Escribir sobre Zamora, sin duda, me resulta una labor triste, porque su estado económico y social deprime a todo zamorano que tenga sensibilidad, conciencia, memoria. ¡Cómo no criticar, con razones, a los políticos que dicen representarnos; a los partidos nacionales, que se olvidaron de que aquí viven españoles, tan dignos como los de Valladolid, Burgos, Gerona o San Sebastián!
Hablar o escribir sobre una Zamora en la que todo es paz y tranquilidad –como la que se respira en los cementerios-; desarrollo y progreso, juventud y futuro, considero que me convertiría en un hipócrita, en un felón de la realidad. Digo lo que pienso. No me callo. El silencio para los monasterios y conventos, para los pusilánimes y los enfermos. Mis críticas se fundamentan en la realidad, en datos contrastados. La despoblación galopante de la provincia, la escasa actividad económica, la destrucción del sector primario forman parte de una realidad, triste, que te convoca a la melancolía, que nadie puede ni negar ni esconder, siempre que sea una persona seria y ética.
Y me considero un tío sensato y formal. Por lo tanto, que no se espere de mí que escriba sobre una Zamora irreal, producto de la imaginación calenturienta de un badulaque, en la que el sector agropecuario hallase entre los más importantes del país; los jóvenes terminan sus carreras y encuentran trabajo, se abren comercios que registran importante ventas y grandes empresas se instalan en nuestros polígonos industriales, y, por supuesto, los políticos zamoranos defienden a su tierra en las Cortes de Castilla y León, Congreso de los Diputados y Senado, incluso oponiéndose a sus respectivos gobiernos y a sus partidos, porque Zamora es lo primero en la escala de sus valores.
Insistiré, por supuesto, en la realidad que me rodea, en esa calle de San Torcuato, la que fue la segunda arteria comercial de la ciudad, donde hay más de 20 locales vacíos, en alquiler, porque se cerraron los comercios que los ocupaban; en que el turismo que nos llega es de bocadillo y bota de vino, que necesitamos promocionar Zamora de otra manera distinta, para lo que es necesario escuchar y poner en práctica las ideas de las personas que dominan la materia, que todos conocemos, pero a las que los políticos ignoran.
Y no me olvidaré de que hay que salir de nuestros límites provinciales para llamar a las puertas de las asociaciones empresariales de las grandes ciudades para ofrecerles nuestros polígonos como espacios ideales para sus nuevas inversiones. Aquí no vendrá nadie si no cambiamos de criterios.
Hay políticos, como algún homenajeado recientemente, a los que no les interesa otra provincia distinta, más poblada, más desarrollada, con agricultura y ganadería modernas y pujantes. Prefieren que los pueblos se quedan sin gente, que se construyan nuevas residencias de la tercera edad, un chollo económico, para dejar allí a los ancianos. Muestro la evidencia de la crueldad. No hay más.
Y si anhelamos que todo cambie, no imitemos a la Lampedusa. Sobran políticos e instituciones, como la Junta de Castilla y León. Cuando arrojemos este lastre a la zahúrda del tiempo, empezaremos a distinguir una nueva tierra.
Eugenio-Jesús de Ávila
Las críticas, casi siempre viscerales, nacidas en el hígado, rara vez surgidas tras un análisis racional, y las loas de lectores me inspiran. Escribir sobre Zamora, sin duda, me resulta una labor triste, porque su estado económico y social deprime a todo zamorano que tenga sensibilidad, conciencia, memoria. ¡Cómo no criticar, con razones, a los políticos que dicen representarnos; a los partidos nacionales, que se olvidaron de que aquí viven españoles, tan dignos como los de Valladolid, Burgos, Gerona o San Sebastián!
Hablar o escribir sobre una Zamora en la que todo es paz y tranquilidad –como la que se respira en los cementerios-; desarrollo y progreso, juventud y futuro, considero que me convertiría en un hipócrita, en un felón de la realidad. Digo lo que pienso. No me callo. El silencio para los monasterios y conventos, para los pusilánimes y los enfermos. Mis críticas se fundamentan en la realidad, en datos contrastados. La despoblación galopante de la provincia, la escasa actividad económica, la destrucción del sector primario forman parte de una realidad, triste, que te convoca a la melancolía, que nadie puede ni negar ni esconder, siempre que sea una persona seria y ética.
Y me considero un tío sensato y formal. Por lo tanto, que no se espere de mí que escriba sobre una Zamora irreal, producto de la imaginación calenturienta de un badulaque, en la que el sector agropecuario hallase entre los más importantes del país; los jóvenes terminan sus carreras y encuentran trabajo, se abren comercios que registran importante ventas y grandes empresas se instalan en nuestros polígonos industriales, y, por supuesto, los políticos zamoranos defienden a su tierra en las Cortes de Castilla y León, Congreso de los Diputados y Senado, incluso oponiéndose a sus respectivos gobiernos y a sus partidos, porque Zamora es lo primero en la escala de sus valores.
Insistiré, por supuesto, en la realidad que me rodea, en esa calle de San Torcuato, la que fue la segunda arteria comercial de la ciudad, donde hay más de 20 locales vacíos, en alquiler, porque se cerraron los comercios que los ocupaban; en que el turismo que nos llega es de bocadillo y bota de vino, que necesitamos promocionar Zamora de otra manera distinta, para lo que es necesario escuchar y poner en práctica las ideas de las personas que dominan la materia, que todos conocemos, pero a las que los políticos ignoran.
Y no me olvidaré de que hay que salir de nuestros límites provinciales para llamar a las puertas de las asociaciones empresariales de las grandes ciudades para ofrecerles nuestros polígonos como espacios ideales para sus nuevas inversiones. Aquí no vendrá nadie si no cambiamos de criterios.
Hay políticos, como algún homenajeado recientemente, a los que no les interesa otra provincia distinta, más poblada, más desarrollada, con agricultura y ganadería modernas y pujantes. Prefieren que los pueblos se quedan sin gente, que se construyan nuevas residencias de la tercera edad, un chollo económico, para dejar allí a los ancianos. Muestro la evidencia de la crueldad. No hay más.
Y si anhelamos que todo cambie, no imitemos a la Lampedusa. Sobran políticos e instituciones, como la Junta de Castilla y León. Cuando arrojemos este lastre a la zahúrda del tiempo, empezaremos a distinguir una nueva tierra.















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