ZAMORANA
Nosotros
![[Img #112144]](https://eldiadezamora.es/upload/images/10_2026/3094_5915_3327_9573_5847_6329_687_sole-1.jpg)
Sonaban de fondo las notas de una canción: “Nosotros, que nos quisimos tanto”… y mi mente torturada y tortuosa, invadida más por una cotidianidad gastada que por aquella ilusión primera, me llevó hasta una capilla solitaria donde, sin decir una palabra, tomados de las manos, revalidamos en silencio un amor que luego refrendaríamos en el rito religioso; pero aquel fue nuestro verdadero compromiso.
Nos embarcamos en la aventura de una familia que se rubricó con aquellos hijos a los que dedicamos tiempo y amor sin medida y luego, cuando se fueron, dejaron un hueco demasiado grande; aprendimos de nuevo a vivir solos retomando los días con periodos de turbulencia y sosiego mientras pasaban los años queriéndonos como al desgaire, pero sin concebir la existencia del uno sin el otro, porque éramos dos mentes que pensaban igual y dos corazones latiendo al unísono.
A veces, al mirarnos sentíamos una querencia extraña, un halo que nos envolvía y no soportaba estar separados; porque nos hemos querido mucho, aunque fuera un amor absorbente, ciego, que lo abarcaba todo, que llenaba todos los espacios y a veces impedía que pudiéramos respirar; incluso creímos que el tiempo de la pasión ya había pasado, marchito y amortajado en la aparente rutina, donde prevalecía la razón ante los sentimientos, dominando siempre el gesto grave y la ausencia de frivolidad que tanto ha pesado a lo largo de los años.
Sin embargo, algo de lo que nunca fuimos conscientes era que, a pesar de todo, o precisamente por todo eso, aquella tarde en esa pequeña ermita solitaria habíamos tejido un lazo de cariño del que no nos separaríamos jamás; al principio era solo una hebra fina que, poco a poco, se convirtió en un grueso hilo que amarraba nuestros silencios y nuestras palabras, hasta el punto de que, tras toda una vida juntos, sabemos que nos envolverá para siempre.
Aquel lugar fue nuestro comienzo, y al recordar como éramos entonces, una pareja joven, ilusionada, convencida de lo que sentía, tal vez con la ingenuidad de no pensar en que llegarían problemas y desencuentros porque en ese momento no entraban en nuestros planes, sentí de nuevo que había que luchar para revalidar aquel anhelo y que habría que tender cada día nuevos puentes para vivir de acuerdo a lo que siempre habíamos sentido.
Entonces abrí los ojos y, al tiempo que los labios trazaban una tenue sonrisa y una lágrima resbalaba por las mejillas, me invadió la certeza consciente de que aquel amor nunca se había marchitado, y me escuché a mí misma silabear: “nosotros, que nos queremos tanto”….
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Sonaban de fondo las notas de una canción: “Nosotros, que nos quisimos tanto”… y mi mente torturada y tortuosa, invadida más por una cotidianidad gastada que por aquella ilusión primera, me llevó hasta una capilla solitaria donde, sin decir una palabra, tomados de las manos, revalidamos en silencio un amor que luego refrendaríamos en el rito religioso; pero aquel fue nuestro verdadero compromiso.
Nos embarcamos en la aventura de una familia que se rubricó con aquellos hijos a los que dedicamos tiempo y amor sin medida y luego, cuando se fueron, dejaron un hueco demasiado grande; aprendimos de nuevo a vivir solos retomando los días con periodos de turbulencia y sosiego mientras pasaban los años queriéndonos como al desgaire, pero sin concebir la existencia del uno sin el otro, porque éramos dos mentes que pensaban igual y dos corazones latiendo al unísono.
A veces, al mirarnos sentíamos una querencia extraña, un halo que nos envolvía y no soportaba estar separados; porque nos hemos querido mucho, aunque fuera un amor absorbente, ciego, que lo abarcaba todo, que llenaba todos los espacios y a veces impedía que pudiéramos respirar; incluso creímos que el tiempo de la pasión ya había pasado, marchito y amortajado en la aparente rutina, donde prevalecía la razón ante los sentimientos, dominando siempre el gesto grave y la ausencia de frivolidad que tanto ha pesado a lo largo de los años.
Sin embargo, algo de lo que nunca fuimos conscientes era que, a pesar de todo, o precisamente por todo eso, aquella tarde en esa pequeña ermita solitaria habíamos tejido un lazo de cariño del que no nos separaríamos jamás; al principio era solo una hebra fina que, poco a poco, se convirtió en un grueso hilo que amarraba nuestros silencios y nuestras palabras, hasta el punto de que, tras toda una vida juntos, sabemos que nos envolverá para siempre.
Aquel lugar fue nuestro comienzo, y al recordar como éramos entonces, una pareja joven, ilusionada, convencida de lo que sentía, tal vez con la ingenuidad de no pensar en que llegarían problemas y desencuentros porque en ese momento no entraban en nuestros planes, sentí de nuevo que había que luchar para revalidar aquel anhelo y que habría que tender cada día nuevos puentes para vivir de acuerdo a lo que siempre habíamos sentido.
Entonces abrí los ojos y, al tiempo que los labios trazaban una tenue sonrisa y una lágrima resbalaba por las mejillas, me invadió la certeza consciente de que aquel amor nunca se había marchitado, y me escuché a mí misma silabear: “nosotros, que nos queremos tanto”….















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