REFLEXIONES
De pobres y de ricos
Eugenio-Jesús de Ávila
Nunca conocí a persona humana que no quisiera ser rica. Confieso que yo también ambicioné ser hombre con patrimonio económico por una razón: comprar cada segundo de mi tiempo, siempre alquilado, en unos casos, al Estado, y en otros, a cualquier empresa. Sí, se nos compra horas de nuestra vida, alquilamos nuestro tiempo, magnitud de la que no conocemos su duración.
También me crucé en este misterio de la existencia con individuos e individuas que consideraban la riqueza personal como un mal, como un virus que corrompiera las almas. Hipis burgueses. Escribió Marx que todo pequeño burgués es egoísta. Matizaría al filósofo de Tréveris. También hay sujetos mezquinos entre ricos, clase media y pobre.
Ahora bien, ser rico tampoco debe ser bueno, porque es gente a la que se odia, se le coge manía, se la calumnia y se envidia. Al pobre no se le critica, sino que da pena, se le tiene cierta simpatía, se le consuela con aquello de que suyo será el Reino de los Cielos, que, a decir verdad, nunca he conocido donde se ubica. Pero una cosa es ser pobre de espíritu y otra de caminar con los bolsillos vacíos, de pedir a la puerta de cualquier iglesia. Hay mucho pobre de este tipo con patrimonio colosal, con acciones en grandes empresas, con fincas propias de terratenientes. Solo tienen dinero, que ya es mucho.
Ricos y pobres se hacen necesarios en cualquier sociedad. Hay ideologías y religiones que utilizan a los que carecen de todo y, además, no interesa que abandonen su estado económico. Aquel que es pobre, por nacencia, porque se arruinó, porque careció de trabajo, bien porque no aprobó una oposición, ya porque no se consideró su labor, nunca disfrutó de su penuria. Se dijo que los ricos también lloran…cuando se arruinan o en funerales; a los humildes no les quedan lágrimas, se les secaron de mirar sin ver, de soñar sin dormir.
La prueba demoledora de que casi todos, siempre hay excepciones filosóficas, quieren ser ricos, reside en la compra de loterías de todo tipo durante cada día de la semana. Parece que todo quisque anhela abandonar su estado económico cotidiano para saber cómo se siente la vida cuando el tiempo solo es tuyo, ni del Estado ni del empresario correspondiente.
He tenido algún amigo, matizo, conocido, rico, con patrimonio, pisos sin desahucios, automóviles de lujo y viajado. Tampoco me parecían felices, quizá por su pobreza espiritual. Mis gentes, los de toda la vida, humildes, tuvieron que trabajar para comer. Y, salvo excepciones por circunstancias que no vienen a cuento, privadas, disfrutaron de la vida con lo poco que poseían. Como no soy socialista, compartí mi escasez con buenas personas, amables, educadas y cultas. Tuve y tengo muy poco, no puedo dar mucho, porque eso en mí es nada: solo verbos encalados de sintaxis y amores que residen en la suite de la memoria.
Mientras llega la hora de la verdad, imitaré a Manuel Machado: “Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna...De cuando en cuando, un beso y un nombre de mujer”.
Eugenio-Jesús de Ávila
Nunca conocí a persona humana que no quisiera ser rica. Confieso que yo también ambicioné ser hombre con patrimonio económico por una razón: comprar cada segundo de mi tiempo, siempre alquilado, en unos casos, al Estado, y en otros, a cualquier empresa. Sí, se nos compra horas de nuestra vida, alquilamos nuestro tiempo, magnitud de la que no conocemos su duración.
También me crucé en este misterio de la existencia con individuos e individuas que consideraban la riqueza personal como un mal, como un virus que corrompiera las almas. Hipis burgueses. Escribió Marx que todo pequeño burgués es egoísta. Matizaría al filósofo de Tréveris. También hay sujetos mezquinos entre ricos, clase media y pobre.
Ahora bien, ser rico tampoco debe ser bueno, porque es gente a la que se odia, se le coge manía, se la calumnia y se envidia. Al pobre no se le critica, sino que da pena, se le tiene cierta simpatía, se le consuela con aquello de que suyo será el Reino de los Cielos, que, a decir verdad, nunca he conocido donde se ubica. Pero una cosa es ser pobre de espíritu y otra de caminar con los bolsillos vacíos, de pedir a la puerta de cualquier iglesia. Hay mucho pobre de este tipo con patrimonio colosal, con acciones en grandes empresas, con fincas propias de terratenientes. Solo tienen dinero, que ya es mucho.
Ricos y pobres se hacen necesarios en cualquier sociedad. Hay ideologías y religiones que utilizan a los que carecen de todo y, además, no interesa que abandonen su estado económico. Aquel que es pobre, por nacencia, porque se arruinó, porque careció de trabajo, bien porque no aprobó una oposición, ya porque no se consideró su labor, nunca disfrutó de su penuria. Se dijo que los ricos también lloran…cuando se arruinan o en funerales; a los humildes no les quedan lágrimas, se les secaron de mirar sin ver, de soñar sin dormir.
La prueba demoledora de que casi todos, siempre hay excepciones filosóficas, quieren ser ricos, reside en la compra de loterías de todo tipo durante cada día de la semana. Parece que todo quisque anhela abandonar su estado económico cotidiano para saber cómo se siente la vida cuando el tiempo solo es tuyo, ni del Estado ni del empresario correspondiente.
He tenido algún amigo, matizo, conocido, rico, con patrimonio, pisos sin desahucios, automóviles de lujo y viajado. Tampoco me parecían felices, quizá por su pobreza espiritual. Mis gentes, los de toda la vida, humildes, tuvieron que trabajar para comer. Y, salvo excepciones por circunstancias que no vienen a cuento, privadas, disfrutaron de la vida con lo poco que poseían. Como no soy socialista, compartí mi escasez con buenas personas, amables, educadas y cultas. Tuve y tengo muy poco, no puedo dar mucho, porque eso en mí es nada: solo verbos encalados de sintaxis y amores que residen en la suite de la memoria.
Mientras llega la hora de la verdad, imitaré a Manuel Machado: “Mi ideal es tenderme, sin ilusión ninguna...De cuando en cuando, un beso y un nombre de mujer”.















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