ZAMORANA
Podría hablar de un gato
![[Img #112316]](https://eldiadezamora.es/upload/images/10_2026/4223_8257_3094_5915_3327_9573_5847_6329_687_sole-1.jpg)
Siempre he dicho que el folio en blanco es la pesadilla de todo escritor; extender las manos sobre el teclado sin que surja ninguna idea merecedora de ser escrita, mientras nos devanamos los sesos en busca de algo original, ¡qué difícil serlo cuando parece que ya está todo dicho, todo inventado!, resulta perturbador. Se puede apelar a los sentimientos, porque ese siempre es un tema único; afortunadamente, aunque en esta sociedad la gente vista, viva y actúe del mismo modo, cada uno tenemos el privilegio de nuestra propia individualidad, de ser únicos e irrepetibles; así que apelo a las Musas para que me guíen en este proceso de “despersonalización” en pro de escribir algo que merezca la pena ser leído.
Podría hablar de un gato que me dejaron en prenda durante un tiempo; yo, que entonces no era muy amiga de los animales domésticos, porque los consideraba más una molestia y una falta de libertad para su cuidador, acepté sin rechistar el compromiso de tenerlo en casa. Los días se convirtieron en años, dos para ser exactos, y durante ese tiempo mi percepción cambió drásticamente. Aprendí mucho de aquel animalito discreto, que no molestaba, pero si me veía triste o apática, se subía a mi regazo para consolarme.
Sus enormes ojos azules se convirtieron en mi propio cielo, no me cansaba de mirarlos y él me seducía sin saberlo con sus modales tranquilos, su forma de andar pausada, silenciosa y su necesidad de cariño; por eso solía subirse a mis rodillas cuando estaba sentada en el sillón, se acomodaba tranquilamente mientras yo le acariciaba el lomo y me iba transmitiendo el calor de su cuerpo; entonces éramos como dos seres perdidos que encontrábamos en el otro el consuelo que necesitábamos.
Cuando acabó el plazo de tenerlo en casa y se lo llevaron a la suya, confieso que lo pasé mal, muy mal. Abrir la puerta al llegar y no tenerlo me hacía sentir demasiado sola; además le había confesado mis miedos, mis alegrías, mis temores e incluso fue testigo de algún llanto desesperado de esos que la vida nos regala para desahogarnos de vez en cuando. Todas esas emociones se las había llevado consigo y sé que las guardará con el mismo celo y discreción de los que siempre hizo gala.
De vez en cuando voy a verlo y siempre pienso que no me va a reconocer. Su nueva casa está llena de vida, con un niño pequeño y muchos recovecos por los que transitar y esconderse cuando necesite su espacio; entro en la casa y espero hasta que aparece caminando tranquilo. Luego, cuando me siento, se acerca y sube a mis rodillas como antes; entonces sé que no me ha olvidado y sé también que existe una conexión que va más allá de la relación afectiva entre dos seres tan diferentes, porque el cariño no entiende de especies.
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Siempre he dicho que el folio en blanco es la pesadilla de todo escritor; extender las manos sobre el teclado sin que surja ninguna idea merecedora de ser escrita, mientras nos devanamos los sesos en busca de algo original, ¡qué difícil serlo cuando parece que ya está todo dicho, todo inventado!, resulta perturbador. Se puede apelar a los sentimientos, porque ese siempre es un tema único; afortunadamente, aunque en esta sociedad la gente vista, viva y actúe del mismo modo, cada uno tenemos el privilegio de nuestra propia individualidad, de ser únicos e irrepetibles; así que apelo a las Musas para que me guíen en este proceso de “despersonalización” en pro de escribir algo que merezca la pena ser leído.
Podría hablar de un gato que me dejaron en prenda durante un tiempo; yo, que entonces no era muy amiga de los animales domésticos, porque los consideraba más una molestia y una falta de libertad para su cuidador, acepté sin rechistar el compromiso de tenerlo en casa. Los días se convirtieron en años, dos para ser exactos, y durante ese tiempo mi percepción cambió drásticamente. Aprendí mucho de aquel animalito discreto, que no molestaba, pero si me veía triste o apática, se subía a mi regazo para consolarme.
Sus enormes ojos azules se convirtieron en mi propio cielo, no me cansaba de mirarlos y él me seducía sin saberlo con sus modales tranquilos, su forma de andar pausada, silenciosa y su necesidad de cariño; por eso solía subirse a mis rodillas cuando estaba sentada en el sillón, se acomodaba tranquilamente mientras yo le acariciaba el lomo y me iba transmitiendo el calor de su cuerpo; entonces éramos como dos seres perdidos que encontrábamos en el otro el consuelo que necesitábamos.
Cuando acabó el plazo de tenerlo en casa y se lo llevaron a la suya, confieso que lo pasé mal, muy mal. Abrir la puerta al llegar y no tenerlo me hacía sentir demasiado sola; además le había confesado mis miedos, mis alegrías, mis temores e incluso fue testigo de algún llanto desesperado de esos que la vida nos regala para desahogarnos de vez en cuando. Todas esas emociones se las había llevado consigo y sé que las guardará con el mismo celo y discreción de los que siempre hizo gala.
De vez en cuando voy a verlo y siempre pienso que no me va a reconocer. Su nueva casa está llena de vida, con un niño pequeño y muchos recovecos por los que transitar y esconderse cuando necesite su espacio; entro en la casa y espero hasta que aparece caminando tranquilo. Luego, cuando me siento, se acerca y sube a mis rodillas como antes; entonces sé que no me ha olvidado y sé también que existe una conexión que va más allá de la relación afectiva entre dos seres tan diferentes, porque el cariño no entiende de especies.















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