Mª Soledad Martín Turiño
Martes, 27 de Octubre de 2026
ZAMORANA

Los horrores de la guerra

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Los pájaros volaban en círculos con las alas negras extendidas como eligiendo al pobre diablo para abrazarlo con ellas y elevarlo alto, muy alto, para luego soltarlo en el vacío y así sacrificar para la Madre Tierra cientos y cientos de seres que ya no eran importantes, porque aquellos pájaros negros llevaban la destrucción y la muerte consigo.

 

Hoy, cuando el horror supera lo conocido, los medios de comunicación se hacen eco de otra noticia aún más despiadada, como si el salvajismo de la guerra no tuviera fin y todo estuviera permitido; ya no basta con matar, se buscan maneras de hacerlo con la mayor crueldad y así los hombres se convierten en máquinas sin sentimientos, en un entorno donde todo está permitido.

 

Me pregunto qué será de ellos cuando, los que hayan sobrevivido a esa barbarie, regresen a casa; con qué ojos podrán mirar a sus hijos, a sus padres o a sus esposas tras haber visto a tantos seres muertos por su mano que también tuvieron familia un día, cuando han decapitado, se han cebado en una matanza inútil y han asestado puñaladas de odio incluso a los que ya estaban muertos.

 

Al final, después de la destrucción, el odio, la lucha y la muerte; cuando todo acaba, hay quien se pregunta: “¿para qué?, ¿qué sentido ha tenido tantos años de guerra?”. La respuesta es odiosamente sencilla: dinero y poder para unos pocos que quedaron a salvo mientras mandaban a las trincheras a miles de soldados sin nombre conscientes de que muchos no regresarían jamás. Ya lo decía Paul Valéry: “La guerra es una masacre entre gentes que no se conocen, para provecho de gentes que sí se conocen pero que no se masacran”

 

“Los desastres de la guerra”, en esta ocasión de la Independencia Española, que Goya escenifica magistralmente en sus 82 grabados en los años 1810-1815, son un ejemplo del horror y la crueldad de una contienda salvaje; sin embargo, es importante que actos tan viles se escenifiquen, se pinten y lleguen al público para que nos mentalicemos de que tales ejecuciones serían innecesarias si prevaleciera una diplomacia, unas reglas de caballeros entre países, que llegaran a acuerdos económicos y políticos sin mediar conflicto alguno. ¡Ojalá este escenario se produzca algún día!

 

Regresan en manadas con los carros llenos de cadáveres embarrados; pies y manos colgando se tambalean con el traqueteo. Detrás, un grupo de hombres sin rostro, lívidos, fusil en mano, llevan días caminando desde las trincheras hasta un terreno profundo que han cavado y allí depositan los cuerpos sin vida de sus compañeros. Nadie habla, trabajan en silencio y retornan como sonámbulos inertes, para morir unos metros más adelante.

 

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