REFLEXIONES EN NEGRO
Con el alma enlutada como el carbón
Eugenio-Jesús de Ávila
Nos dice adiós octubre dejándonos el alma en negro, como el carbón de las antiguas máquinas de tren, las de mi infancia. En nueve meses, dos accidentes ferroviarios, dos golpes brutales sobre la alta tecnología del ferrocarril patrio, de una nación avanzada tecnológicamente, una de las grandes de Europa. Adamuz, del que nadie se ha hecho responsable, debería haber sido la última tragedia sobre raíles. Pero ayer, en Urda, en el corazón de España, otra catástrofe para España, para la duda, para sus infraestructuras y para los que administran la res pública. ¡Qué hemos hecho para merecer esto!
Pasarán los días y vendrá la anacrónica huelga general y después las legislativas, y el personal se olvidará de los muertos, que siempre se quedan tan solos, como bien vio Gustavo Adolfo Becquer, y depositará su voto, no elegirá, sino que refrendará las listas electorales elaboradas por la casta dirigente de sus respectivas formaciones políticas.
Desde mi pequeñez intelectual, pienso, tras un profundo debate entre mi corazón y mi cerebro, que tantas tragedias se evitarían si las inversiones en infraestructuras se caracterizasen por la calidad de los materiales aplicados, por el talento de ingenieros y arquitectos y por una ejecución propia de profesionales de una gran nación. Pero si se continúa apostando por conceder a empresas amigas la construcción de infraestructuras, potenciando el nepotismo en los altos cargos de compañías estatales, buscando los productos de precios más reducidos, por tanto, menos solventes, como capas de rodaduras, con hormigón y mezclas asfálticas; elementos de drenaje, de autopistas, autovías y carreteras nacionales, regionales o comarcales, y en los ingredientes, raíles, traviesas, balasto, obras de fábrica, catenarias y postes, de las infraestructuras férreas, Adamuz y Urda no se convertirán en el último capítulo de las tragedias ferroviarias nacionales.
El dinero público es sagrado. Todo hombre o toda mujer que ocupen cargos políticos deben ser sacerdotes de la res pública, ermitaños en sus decisiones, seriedad en palabras y obras y diáfanos en sus decisiones. Los políticos no son nadie sin pueblo, solo administradores de impuestos privados que convierten en públicos.
Si cuando el 2026 se va muriendo, nos invaden las dudas sobre nuestra tecnología ferroviaria, después de padecer más de cien muertos en dos accidentes, con tanta sangre negra derramada, España viaja ya hacia el pasado, a través del túnel de la decadencia por donde transcurre el tren de la desidia.
Eugenio-Jesús de Ávila
Nos dice adiós octubre dejándonos el alma en negro, como el carbón de las antiguas máquinas de tren, las de mi infancia. En nueve meses, dos accidentes ferroviarios, dos golpes brutales sobre la alta tecnología del ferrocarril patrio, de una nación avanzada tecnológicamente, una de las grandes de Europa. Adamuz, del que nadie se ha hecho responsable, debería haber sido la última tragedia sobre raíles. Pero ayer, en Urda, en el corazón de España, otra catástrofe para España, para la duda, para sus infraestructuras y para los que administran la res pública. ¡Qué hemos hecho para merecer esto!
Pasarán los días y vendrá la anacrónica huelga general y después las legislativas, y el personal se olvidará de los muertos, que siempre se quedan tan solos, como bien vio Gustavo Adolfo Becquer, y depositará su voto, no elegirá, sino que refrendará las listas electorales elaboradas por la casta dirigente de sus respectivas formaciones políticas.
Desde mi pequeñez intelectual, pienso, tras un profundo debate entre mi corazón y mi cerebro, que tantas tragedias se evitarían si las inversiones en infraestructuras se caracterizasen por la calidad de los materiales aplicados, por el talento de ingenieros y arquitectos y por una ejecución propia de profesionales de una gran nación. Pero si se continúa apostando por conceder a empresas amigas la construcción de infraestructuras, potenciando el nepotismo en los altos cargos de compañías estatales, buscando los productos de precios más reducidos, por tanto, menos solventes, como capas de rodaduras, con hormigón y mezclas asfálticas; elementos de drenaje, de autopistas, autovías y carreteras nacionales, regionales o comarcales, y en los ingredientes, raíles, traviesas, balasto, obras de fábrica, catenarias y postes, de las infraestructuras férreas, Adamuz y Urda no se convertirán en el último capítulo de las tragedias ferroviarias nacionales.
El dinero público es sagrado. Todo hombre o toda mujer que ocupen cargos políticos deben ser sacerdotes de la res pública, ermitaños en sus decisiones, seriedad en palabras y obras y diáfanos en sus decisiones. Los políticos no son nadie sin pueblo, solo administradores de impuestos privados que convierten en públicos.
Si cuando el 2026 se va muriendo, nos invaden las dudas sobre nuestra tecnología ferroviaria, después de padecer más de cien muertos en dos accidentes, con tanta sangre negra derramada, España viaja ya hacia el pasado, a través del túnel de la decadencia por donde transcurre el tren de la desidia.














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