REFLEXIONES
Festejo la muerte para honrar a la vida
Eugenio-Jesús de Ávila
Todavía no he alcanzado el estatus de persona muerta, si bien vivo por inercia. No sé, si como versificaba Becquer, los muertos se quedan muy solos o la soledad los enamoró en vida. Pero he conocido a muchos vivos que vivieron sin saberlo; únicamente, cuando vieron venir a las parcas, percibieron que tuvieron vida, pero jamás le dieron un pellizco para saber qué sentían. Gentes que no amaron o no supieron amar. Personas que nunca vibraron con una sonrisa. Hombres y mujeres, asidos a la tristeza. Envidiosos que se murieron en el lecho del odio. Constructores de calumnias que se agarraron a la vida para edificar un muro de mentiras sobre un alma grande.
Hay gentes que vivieron para amargar la vida al prójimo. No gozaron, no disfrutaron, no triunfaron, pero su dicha fue el fracaso del hombre o de la mujer que reconocían superiores en sensibilidad, talento, clase, elegancia y bondad. Todo el que vivió para hacer el mal padeció una vida muerta, una muerte viva. No supo vivir sin perjudicar al que consideraron mejor, más libre, más fiel. Ahora bien, paradojas de la vida cuando muere: se loa su bondad
Aquel que supo que vivía porque amaba es la antítesis de aquel que supo que vivía porque odió, odia y odiará hasta que Caronte le aguarde en la orilla de la Laguna Estigia. El que ama alarga su vida hasta más allá de la muerte, hasta convertirse en el polvo enamorado quevedesco. El que odia acorta su vida tanto que siempre anda en la duda de si existe o si sueña que vive o es muerte encarnada.
Hoy, celebro, la fiesta de la muerte que fue y será la mía, asumiéndola, porque supe, ha tiempo, que solo soy polvo en el tiempo. Memoria sin historia.
Eugenio-Jesús de Ávila
Todavía no he alcanzado el estatus de persona muerta, si bien vivo por inercia. No sé, si como versificaba Becquer, los muertos se quedan muy solos o la soledad los enamoró en vida. Pero he conocido a muchos vivos que vivieron sin saberlo; únicamente, cuando vieron venir a las parcas, percibieron que tuvieron vida, pero jamás le dieron un pellizco para saber qué sentían. Gentes que no amaron o no supieron amar. Personas que nunca vibraron con una sonrisa. Hombres y mujeres, asidos a la tristeza. Envidiosos que se murieron en el lecho del odio. Constructores de calumnias que se agarraron a la vida para edificar un muro de mentiras sobre un alma grande.
Hay gentes que vivieron para amargar la vida al prójimo. No gozaron, no disfrutaron, no triunfaron, pero su dicha fue el fracaso del hombre o de la mujer que reconocían superiores en sensibilidad, talento, clase, elegancia y bondad. Todo el que vivió para hacer el mal padeció una vida muerta, una muerte viva. No supo vivir sin perjudicar al que consideraron mejor, más libre, más fiel. Ahora bien, paradojas de la vida cuando muere: se loa su bondad
Aquel que supo que vivía porque amaba es la antítesis de aquel que supo que vivía porque odió, odia y odiará hasta que Caronte le aguarde en la orilla de la Laguna Estigia. El que ama alarga su vida hasta más allá de la muerte, hasta convertirse en el polvo enamorado quevedesco. El que odia acorta su vida tanto que siempre anda en la duda de si existe o si sueña que vive o es muerte encarnada.
Hoy, celebro, la fiesta de la muerte que fue y será la mía, asumiéndola, porque supe, ha tiempo, que solo soy polvo en el tiempo. Memoria sin historia.


















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