ZAMORANA
Lo esencial es invisible a los ojos
![[Img #112744]](https://eldiadezamora.es/upload/images/11_2026/1245_6142_113_2969_5847_6329_687_sole-1.jpg)
Tenía por costumbre sentarse en el sofá de la biblioteca, frente a una vitrina donde llevaba años reuniendo una colección de pequeños frascos de cristal en apariencia vacíos, perfectamente alineados y que, de manera estratégica, había colocado a la altura de sus ojos. Durante mucho tiempo aquel era su refugio, había logrado reunir un buen ramillete de libros que descansaban en sus estanterías repletas, tras haber leído cada uno de ellos, hecho anotaciones en los márgenes, subrayando y recopilando extractos de su contenido en un enorme cuaderno que era una de sus joyas preferidas, ya que recogía el saber recopilado por figuras literarias de talla mundial.
No obstante, a medida que pasaban los años, su vista no le acompañaba y la biblioteca quedó reducida a un espacio vital para él durante casi todo el día. Allí se cobijaba después de desayunar y antes de salir a dar su paseo matutino por la ciudad, y tras la siesta hasta el anochecer. Escuchaba la radio, recordaba su vida, atendía a sus amigos…pero, sobre todo, se extasiaba contemplando aquellos frasquitos.
Un día, uno de sus compañeros habituales, que solía ir a jugar la partida de ajedrez con él, al verle tan abstraído le preguntó qué podía ver en aquellos recipientes si estaban vacíos. El, le miró con una dulce sonrisa y le dijo:
De izquierda a derecha, estos ocho frascos envuelven la historia de mi vida:
- El primero contiene lágrimas de felicidad y tristeza que han vertido mis ojos.
- El segundo está lleno de silencios incómodos y de aquello que no supe rebatir.
- El tercero lo llenan las palabras; ahí están todas: las que he leído, las escuchadas y las que he pronunciado.
- El cuarto rebosa amor, fantasías, ternura y afecto por aquellos que he amado.
- El quinto está plagado de ausencias, es el que más me duele.
- El sexto, que tiene un leve desconchón apenas perceptible, representa los golpes que me ha dado la vida y que han dejado una huella indeleble.
- El séptimo lo llena la alegría, para que recuerde que debo estar agradecido por estar vivo, por haber gozado de una existencia placentera y ya demasiado larga, y por llegar hasta hoy con esta maravillosa colección.
Su amigo, al ver que no hacía alusión alguna al último recipiente, le preguntó cuál era su contenido. Le respondió:
- Ese es el único que está vacío, esperando a que lo complete, tal y como he hecho con los demás, cuando el barquero me transporte a la otra orilla.
Su amigo recordó entonces la famosa frase del Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”, y se fundieron ambos en un entrañable y cómplice abrazo.
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Tenía por costumbre sentarse en el sofá de la biblioteca, frente a una vitrina donde llevaba años reuniendo una colección de pequeños frascos de cristal en apariencia vacíos, perfectamente alineados y que, de manera estratégica, había colocado a la altura de sus ojos. Durante mucho tiempo aquel era su refugio, había logrado reunir un buen ramillete de libros que descansaban en sus estanterías repletas, tras haber leído cada uno de ellos, hecho anotaciones en los márgenes, subrayando y recopilando extractos de su contenido en un enorme cuaderno que era una de sus joyas preferidas, ya que recogía el saber recopilado por figuras literarias de talla mundial.
No obstante, a medida que pasaban los años, su vista no le acompañaba y la biblioteca quedó reducida a un espacio vital para él durante casi todo el día. Allí se cobijaba después de desayunar y antes de salir a dar su paseo matutino por la ciudad, y tras la siesta hasta el anochecer. Escuchaba la radio, recordaba su vida, atendía a sus amigos…pero, sobre todo, se extasiaba contemplando aquellos frasquitos.
Un día, uno de sus compañeros habituales, que solía ir a jugar la partida de ajedrez con él, al verle tan abstraído le preguntó qué podía ver en aquellos recipientes si estaban vacíos. El, le miró con una dulce sonrisa y le dijo:
De izquierda a derecha, estos ocho frascos envuelven la historia de mi vida:
- El primero contiene lágrimas de felicidad y tristeza que han vertido mis ojos.
- El segundo está lleno de silencios incómodos y de aquello que no supe rebatir.
- El tercero lo llenan las palabras; ahí están todas: las que he leído, las escuchadas y las que he pronunciado.
- El cuarto rebosa amor, fantasías, ternura y afecto por aquellos que he amado.
- El quinto está plagado de ausencias, es el que más me duele.
- El sexto, que tiene un leve desconchón apenas perceptible, representa los golpes que me ha dado la vida y que han dejado una huella indeleble.
- El séptimo lo llena la alegría, para que recuerde que debo estar agradecido por estar vivo, por haber gozado de una existencia placentera y ya demasiado larga, y por llegar hasta hoy con esta maravillosa colección.
Su amigo, al ver que no hacía alusión alguna al último recipiente, le preguntó cuál era su contenido. Le respondió:
- Ese es el único que está vacío, esperando a que lo complete, tal y como he hecho con los demás, cuando el barquero me transporte a la otra orilla.
Su amigo recordó entonces la famosa frase del Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”, y se fundieron ambos en un entrañable y cómplice abrazo.
















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