REFLEXIONES URBANAS
La plaza de la Constitución, un secarral en el cogollo de la ciudad
Eugenio-Jesús de Ávila
Aquel lector o lectora que haya seguido mis innumerables artículos sobre cómo embellecer Zamora, nuestra cara ciudad del alma, conocerán que manías con la plaza de la Constitución y la necesaria creación de un jardín en su centro; la reconstrucción de las torres del Puente de Piedra; la restauración de las murallas medievales, que, al parecer, recuperan su estado original; una segunda intervención en el casco histórico de la ciudad y, cómo no, remodelación de la Plaza Mayor.
Hoy, cuando noviembre todavía es una criatura de mes, me ha dado por insistir en la plaza de la Constitución, que limita al norte con uno de los templos románicos más bellos de Zamora, Santiago del Burgo, y el ciprés más elegante de la provincia. El Ayuntamiento, porque lo reconoce, colocó, en su día, unas torres florales -creo que se les conoce por jardines verticales- bonitos, pero que no palían esa austeridad franciscana que esa ágora muestra a zamoranos y visitantes. Recuerdo que hace más de una década, unas señoras, turistas, de cierta edad, caminaban por Santa Clara dirección a la Farola, y, al descubrir la mencionada plaza, comentaron algo así como “¡Dios mío, que secarral…si da hasta sed pasear por aquí!”
Insisto, por enésima vez, que ese espacio urbano, en pleno cogollo del centro urbano, reclama un jardín, verbigracia, como el de la plaza de Zorrilla, coronado por una escultura de Baltasar Lobo y, si es posible, bautizado por una alfaguara. Y no se me argumente que las aguas de riego o del venero se filtrarían al aparcamiento subterráneo. Consultados eruditos en estos asuntos, me aseguraron que no ha lugar a razonamientos de ese tipo. Las piscinas en los áticos de edificios jamás dan problemas de humedades a los vecinos del inmueble. Y no se olvide el vulgo que el ágora la cierre por el norte la preciosa iglesia románica de Santiago del Burgo.
Por supuesto, me causa dolor ajeno los cantos que causan daño al caminar en esa plaza. ¿Por qué no se retiran y se colocan baldosas de granito sayagués? Esa misma pregunta la extrapolo a todas las rúas, plazas y plazuelas del casco antiguo, una tortura para viandantes.
Y enhorabuena a Guarido y compañía por el embellecimiento de las fuentes y ciertas reformas. Solo queda, antes de cortarse la coleta municipal en el albero de la Casa de las Panaderas, abordar la creación de un sistema de fuentes en el parque de Baltasar Lobo. Por hoy, ya no escribo ni un verbo más.
Eugenio-Jesús de Ávila
Aquel lector o lectora que haya seguido mis innumerables artículos sobre cómo embellecer Zamora, nuestra cara ciudad del alma, conocerán que manías con la plaza de la Constitución y la necesaria creación de un jardín en su centro; la reconstrucción de las torres del Puente de Piedra; la restauración de las murallas medievales, que, al parecer, recuperan su estado original; una segunda intervención en el casco histórico de la ciudad y, cómo no, remodelación de la Plaza Mayor.
Hoy, cuando noviembre todavía es una criatura de mes, me ha dado por insistir en la plaza de la Constitución, que limita al norte con uno de los templos románicos más bellos de Zamora, Santiago del Burgo, y el ciprés más elegante de la provincia. El Ayuntamiento, porque lo reconoce, colocó, en su día, unas torres florales -creo que se les conoce por jardines verticales- bonitos, pero que no palían esa austeridad franciscana que esa ágora muestra a zamoranos y visitantes. Recuerdo que hace más de una década, unas señoras, turistas, de cierta edad, caminaban por Santa Clara dirección a la Farola, y, al descubrir la mencionada plaza, comentaron algo así como “¡Dios mío, que secarral…si da hasta sed pasear por aquí!”
Insisto, por enésima vez, que ese espacio urbano, en pleno cogollo del centro urbano, reclama un jardín, verbigracia, como el de la plaza de Zorrilla, coronado por una escultura de Baltasar Lobo y, si es posible, bautizado por una alfaguara. Y no se me argumente que las aguas de riego o del venero se filtrarían al aparcamiento subterráneo. Consultados eruditos en estos asuntos, me aseguraron que no ha lugar a razonamientos de ese tipo. Las piscinas en los áticos de edificios jamás dan problemas de humedades a los vecinos del inmueble. Y no se olvide el vulgo que el ágora la cierre por el norte la preciosa iglesia románica de Santiago del Burgo.
Por supuesto, me causa dolor ajeno los cantos que causan daño al caminar en esa plaza. ¿Por qué no se retiran y se colocan baldosas de granito sayagués? Esa misma pregunta la extrapolo a todas las rúas, plazas y plazuelas del casco antiguo, una tortura para viandantes.
Y enhorabuena a Guarido y compañía por el embellecimiento de las fuentes y ciertas reformas. Solo queda, antes de cortarse la coleta municipal en el albero de la Casa de las Panaderas, abordar la creación de un sistema de fuentes en el parque de Baltasar Lobo. Por hoy, ya no escribo ni un verbo más.
















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